jueves, 27 de abril de 2017

Cuando me doy cuenta que es ahora

Cuando me doy cuenta que es ahora
La lluvia cae;
Forma charcos
La lluvia cae sobre los charcos y salpica
Meto la pata en el charco
Maldigo a la lluvia
No aprendo más.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Tengo que afeitarme
También bañarme
Si me miro al espejo para afeitarme
Me acuerdo de mi tío cuando se afeitaba,
Yo tenía 4 años,
Ahora tengo 37
Sigo sin aprender a afeitarme.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El ahora ya pasó
Y dio paso a otro ahora
Ahora me doy cuenta
Y la conciencia es ahora
Sigo aprendiendo a vivir en el ahora.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Muchas veces estoy en el pasado
Sigo creyendo que pensando en el pasado
El pasado va a cambiar
Sigo pensando que ella me va a amar
Entonces,
¿Para qué seguir pensando en el pasado?
Sigo aprendiendo del pasado.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Me encuentro escribiendo versos
Me encuentro buscando la Voz
Pienso en cómo retenerla
Como escribirla;
Y no en maldecir a la lluvia
En pisar charcos
Afeitarme o acordarme de ella
Sigo aprendiendo a escribir versos.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Siento, pienso, escribo, existo;
Sigo aprendiendo de Descartes.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Busco su presencia en la casa
En la habitación
Y la cocina
En el patio y el comedor
El cenicero sigue estando vacío
La lluvia sigue pudriendo la madera
Trato de aprender a vivir sin su presencia.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Despierto
Aunque sea solo un poco
Aunque me olvide al instante
Que es ahora
Que es un despertar
Y que sigo aprendiendo de los despertares.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Respiro profundo
La ansiedad se disipa
Siento que mi corazón desborda de mi pecho
Trato de calmarme;
Para que no explote
Sigo aprendiendo de mi miedo a la muerte.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El mundo gira sin cesar
Mueren estrellas
Aunque todavía vea el reflejo de su luz
Entonces comprendo el sofisma
Dejo de mirar a la estrellas
Sigo aprendiendo a descubrir sofismas.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El tiempo pasa; es inescrutable
La inspiración se me niega
Sigo sin aprender cómo seguir con el poema.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El silencio dice que debe terminar el poema
Sigo aprendiendo del silencio.





Gastón Leandro Ezequiel Vázquez. 
Nació en Parque Patricios el 10 de marzo de 1980. Estudiante de filosofía y letras en la universidad del sur de Bahía Blanca. 

Un poeta conversa con un rey y un bufón en el único país que sobrevive al juicio final.

lunes, 17 de abril de 2017

Escritura IV: La mácula


  Todavía está ahí. Resiste pegada al asiento del acompañante. A veces le presto atención. En el momento en que subo al auto, antes de ponerlo en marcha, estiro el brazo hacia el asiento de al lado y hago el ademán de despegarla con la cortísima uña del dedo índice. Es un gesto como al descuido, sin la verdadera intención de modificar su estado. Más bien lo que hago, cuando la yema de mi dedo toma contacto con ella, es reconocer su textura. Es una antigua manchita de merengue italiano, una diminuta nube blanquecina estampada en el tapizado de pana.

  Con el paso del tiempo parece encallecerse cada vez más. El azúcar endurecido transformó la mancha en una especie de incrustación vítrea, una cristalización que sería ahora difícil de remover. Incluso brilla, dependiendo de cómo le pega la luz.
 
  Me viene a la cabeza esa calurosa mañana de junio. Fuimos con mi mamá a la Feria del Plato en la escuela donde estudiaba mi hija mayor. Para la ocasión, había preparado un postre en un molde de latón que todavía uso. Una vez terminado lo trasladé a un lindo plato de vidrio opaco.
  Yo manejaba el auto, y mi mamá, a mi lado, rodeaba firme pero cariñosamente el plato con sus dos manos. Se concentraba en evitar accidentes o probables pérdidas. Iba en silencio, como si eso contribuyera a asegurar el éxito. Casi todo el camino le mantuvo la mirada fija, con la cabeza inclinada y la cara de frente a la blancura de picos firmes pero blandos que formaba la decoración del merengue.
  Yo iba más despacio y más atenta que de costumbre. De vez en cuando las calles empedradas comprometían la seguridad, pero ella sorteaba esa dificultad manteniendo en equilibrio el plato, compensando los vaivenes con leves movimientos de su cuerpo. Hubo un solo sobresalto en el camino, provocado por un grito mío en el momento en que casi atropello a una paloma blanca que se paseaba por la avenida. El episodio duró casi nada, el animal levantó vuelo sin recibir herida alguna. Nos contentamos enseguida con ver que el postre seguía intacto y llegaría a destino, y que la paloma se había salvado de una muerte casi segura.
  Estoy convencida de que el derrame se produjo en ese momento, pero ninguna de las dos había percibido la pérdida. Y seguramente desde ese día la espuma blanca derramada comenzó a condensarse.
  Pasan los años y sin embargo sigo notando ese detalle (de hecho los días nublados la mancha se vuelve prácticamente invisible). A veces se me ocurre que podría observar esa pequeña nube con una lupa, tal vez sus ínfimas grietas dibujan un retrato en miniatura de mi mamá.



Bavarois de lavanda con merengue italiano

Base

Un pionono chico, casero o comprado.

Bavarois

Salsa inglesa:
Leche  500 cc
Yemas  6
Azúcar  200 gr.

Gelatina sin sabor  20 gr
Crema  500 cc
Colorante violeta  1 pizquita
Extracto de lavanda  20 ml
(De no conseguirse, puede prepararse de la siguiente forma: colocar en una botellita de vidrio, oscuro de ser posible, ½ taza de vodka con un buen puñado de flores de lavanda secas, tapar bien. Dejar el preparado en un ambiente fresco a resguardo de la luz mínimo por dos semanas antes de usar)

Merengue italiano

Claras   2 (a temperatura ambiente)
Azúcar  120 gr
Agua  cantidad necesaria

Decoración

Flores de lavanda comestibles


El postre se armará en un aro metálico de 22 cm de diámetro y 6 cm de altura (medidas aproximadas)

 Para armar la base:
 Extender con cuidado el pionono sobre la mesa de trabajo y apoyar el aro. Cortar un círculo siguiendo el contorno.
 Tomar una placa lisa (redonda o rectangular) cuya medida sobrepase el diámetro del aro. Extenderle por encima un trozo de papel film y posar el aro. Cortar una tira de acetato que coincida con la altura y el contorno del aro y cubrir la cara interna (esto evitará que el postre se pegue y facilitará el posterior desmoldado). Acomodar el pionono en la base. Levantar por los costados del aro el excedente de papel film adhiriéndolo al contorno externo, esto servirá de contención para que la mezcla no se escurra por debajo. Reservar.

 Salsa inglesa:
 En una cacerolita, calentar la leche a punto de hervor. En un bowl, mezclar las yemas con el azúcar sin batir. Agregarle la mitad de la leche caliente y unir enseguida con una espátula. Volcar esta mezcla sobre la leche restante y llevar a fuego mínimo revolviendo constantemente. Cuando la preparación nape la espátula (es decir, que al levantarla quede cubierta con una fina capa de salsa) y se pueda trazar sobre ella una línea con el dedo índice que no se desdibuje, la preparación estará lista. Sacar del fuego e incorporar en forma de lluvia la gelatina sin sabor, mezclando muy bien para que se disuelva en la salsa todavía caliente. Tamizar en un bowl y colocar en un baño María invertido (dentro de un recipiente con agua fría y hielo). Dejar enfriar. Batir la crema a ¾ de punto (debe tomar cuerpo sin llegar a ponerse del todo firme). Incorporar a la salsa inglesa. Agregar el extracto de lavanda. Por último, separar en un bowl pequeño 4 o 5 cucharadas de la mezcla, agregar el color hasta obtener un tono violeta intenso y uniforme. Juntar con la mezcla integrando bien, repetir la operación si hiciera falta, hasta lograr un tono parecido al de las flores de lavanda. Verter en el aro y llevar al frío por unas horas hasta que tome consistencia.

 Merengue italiano:
 Batir con batidora eléctrica (de pie o de mano) en un bowl metálico o de vidrio (no plástico) las claras hasta que espumen bien. Colocar en una cacerolita el azúcar y agregar agua hasta cubrirla. Llevar al fuego hasta que el almíbar llegue a los 118º (de no disponer de un termómetro, puede tomarse como referencia el momento en que toda la superficie se transforma en un mar de burbujas encadenadas pero todavía no ha tomado color). Verter sobre las claras en forma de hilo mientras se bate constantemente. Seguir batiendo hasta que tome firmeza y el bowl llegue a temperatura ambiente. Colocar en una manga con pico liso o rizado.
 Retirar el postre de la heladera (debe estar bien firme). Despegar el papel film de los contornos. Trasladar al plato o fuente en que será servido con la ayuda de una espátula si fuera necesario. Remover con cuidado el aro y la tira de acetato. Decorar a gusto con copetes de merengue. Completar el postre con las flores comestibles de lavanda.




Viviana Saavedra
Nació en Buenos Aires. Cocinera. Licenciada en Gestión e Historia de las Artes, docente de Crítica de Arte en la Universidad del Salvador. Escribe sobre arte.
Imagen: Wayne Thiebaud

miércoles, 5 de abril de 2017

El primer pollo que limpié



Enfundada en un delantal grueso, 
con el pelo atado,
separé la grasa,
y la piel. Con el cuchillo más largo,
ese que la nona me legó.
Con la punta de las uñas
mi carne no tocó la suya.
Bajo el chorro helado, arranqué
el corazón, el hígado y los riñones,
sintiendo que sólo
tocaba el agua.

Hoy, desarmo un calamar,
raspando con mis yemas todas
sus ventosas,
que caen.
Desprendo por completo
su piel,
ya no podrá ocultarse.
Me dejo bañar en su tinta
la cara, los brazos,
el cristal de mis lentes.
Me pego el rancio 
olor de su ser marino.


Y aún, temo.




Eugenia Zorrilla

Nací en el siglo pasado, en el 80, como el colectivo rojo que conectaba mi casa de la infancia en Lugano con la de toda mi familia en la otra punta de la ciudad. La mayor parte de mi vida la vivo en Córdoba, en constante mudanza, de todo. Desde niña amo los libros y adoro aprender. A veces escribía en Salsipuedes, el primer pueblo serrano que me abrigó. Desde que estoy volviendo a él, regresó el deseo de expandirme en el mundo de las palabras. Ahora el deseo es más grande. 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

(muchacha en la ventana de Dalí)
Quisiera un cuarto
amarrado al muelle
con ventana hacia el centro del mar.
Por las mañanas hundir la nariz en aire húmedo
escuchar el bullicio ceceante
del agua mansa
impregnada de luz,
perder el horizonte de bruma en la tarde
Unas cortinas translúcidas que el viento embolse
y rocen mi cara de tanto en tanto.
A lo lejos un velero y la ciudad a la que no pertenezco.
Un camisón cómodo a rayas azules
por si quiero morir de agotamiento.
Y por último un pañuelo de seda blanco
que siempre corra peligro de levantar vuelo.








(Pintor y modelo, de Lucien Freud)
Por dónde comenzar a mirar
sino por sus ojos.
Un dibujo apenas esbozado
cuelga en la pared descascarada.
Contra una esquina
el viejo diván de cuero marrón
ya no esconde sus llagas.
Grandes y rígidos botones
vuelven incómodo al cuerpo.
Él reposa allí, acostado a lo largo
desnudo, con las piernas abiertas
el sexo blando,
tieso y helado como un muerto.
Ella parece ausente pero está de pie
a tan solo unos pasos
Viste una túnica larga color sangre
empastada de manchas de óleo furiosas
de quién está apurado por terminar lo que empezó.
Sostiene con sus manos pulcras
el arma del pintor,
con la vergüenza indigna de cualquier asesino,
inmóvil, traga saliva.
Sus pies desalineados
pisan desparramando sobre el parquet
el pomo verde vejiga,
sin siquiera advertirlo.
Todo tiene su lugar para la pericia del espectador
como si fuera más fácil
observar la desnudez que estar desnudo.





Lucía Bellusci
Nació un viernes 15, de otoño en Buenos Aires. Tiene al planeta de lo profundo en el planeta de lo profundo. Curiosa e inquieta vive en búsqueda artística permanente, que es lo único que la mantiene a salvo. 

lunes, 31 de octubre de 2016

La senda


Tilo 

Estoy debajo del tilo,
aunque él todavía no,
yo sí,
en este banco de madera
donde los pies no llegan al suelo.

No es un lugar de paso.
Tampoco me instalo.
Si miro hacia la izquierda, por encima del hombro,
veo las últimas pitras,
o las primeras.
El camino es de ripio, con saponarias y chochos
algunos ya florecieron
hubo papas
la avena creció sin lluvia.

Desde el portón de la huerta me asomé
al lugar del tilo.
Pero el tilo no está. Tampoco el banco.
Hay unos pastos altos y unos surcos en la tierra.

Estoy donde él no está.

Ayer lo trajimos,
ahora espera bajo los chinchines.
Yo también espero.
Mientras, me siento a su sombra y escribo.
Le pregunto ¿cómo es vivir siempre en el mismo lugar?
No sabe, todavía no vive siempre en el mismo lugar.

¿Y si hubiese un tilo?
¿Y si hubiese un banco de madera?
Escribiría

¿Y si el árbol fuese y viniese?

Hoy no está
sólo hay un poco de avena cortada
y los topinambur contentos con la lluvia.
Por eso no escribo.

No es que no escriba
porque
los topinambur están contentos.
No escribo porque el tilo no está.

Si mis vecinas tuviesen uno,
¿escribirían?

Si entro por la tranquera
y voy hasta él
¿el tilo me querrá?
¿o tengo que estar bajo su sombra?



La senda

Esta vez
había
más flores, más pájaros
más nubes que nunca
había
amapolas
las de verdad
rojas
y otras
anaranjadas.

Alguien había dañado
los troncos
que hasta hacía poco
solo eran tallos.
El corte, una cuña
agresiva, que el árbol portaba,
de la que no se podía defender.
Otros florecían
rosas
apenas tres o cuatro
que caían en racimos.

Unos hombres cortaban el pasto
parejo.
Yo veía que las flores
algunas briznas de distintas hierbas,
todas con diferentes alturas,
pronto iban a desaparecer.

Pero había un lugar
donde  las piedras
hacían de sostén.
En su quietud
acompañaban y decían
florezcan, florezcan.





PH: Amancay Mansilla


María Canale: Vivo en El Bolsón. La escritura me ayuda a salir de casa, recorrer bares y viajar en tren. En el taller “El otro lado de las cosas” nació  “La Senda”, a ese libro pertenecen estos poemas.

viernes, 21 de octubre de 2016

Robles


En el jardín de mamá
están los robles
que planté
cuando vivíamos
en el barrio de viajantes.
Mamá se pasó un año en pijama
hasta que un día
se levantó,
hizo los bolsos,
y nos llevó a vivir a Pergamino.

Mis abuelos
se habían mudado
al quincho que reconstruyeron,
nosotras
nos instalamos
en su casa vieja

Había encontrado las bellotas
en el jardín de la casa
entre la dieciséis y la diecisiete
Hice una zanja
al costado del guayabero
acomodé las semillas
una por una

Los brotes, finitos
con algunas hojas
en forma de nube
forma de roble

Cuando nos mudamos
al barrio Las Marías
Mamá los llevó,
ahora crecen
abajo del molino

Cuando los trasplantaron
los pusieron muy cerca
se ven como enredaderas
como un solo árbol
de tres troncos
que se fusionan,
pero todavía son distintos

Siempre me da culpa
cuando los veo
Mis hijos que no supe cuidar,
darles su espacio
Ellos siguen en pie
a pesar de todo.



Dolores María Lussich


Escribo en: amoroceanico.blogspot.com y en losdiaslosoceanos.blogspot.com. Me gradué en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente estoy haciendo un doctorado en Filosofía y estudios de género entre Francia y Argentina.  Me gusta viajar: literal y metafóricamente. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

The past recedes


¿Reconocés el concepto de no-lugar?,
en este colectivo de línea,
en este lugar de paso,
en el frío de este sol interno que espera una reacción.
Una abuela sube a la altura de la plaza y se dirige al cementerio,
con un arreglo de flores y un pañuelo en la mano,
se sienta en primera fila junto a una madre
que lleva su bebe dormido en brazos,
ninguna de ellas mira el paisaje, no necesitan mirarlo quizás.  
En la mitad del recorrido dos amantes se despiden en la calle,
y el beso resuena como el grito de una bestia.
Hay algo transparente en la palabra “creo”.
Ella en ese hombre se hace mujer,
he play with her back, her neck, her nipples,
only to find her feminine senses.
Todos es incongruencia,
las gotas que se disipan y acumulan en las ventanas,
la tibieza saliente de mi boca al exhalar,
el espejo roto que llevo en la mochila, 
el filo de la dulzura en el corte, la decepción. 
Hoy cada imagen es una señal.
Anoche soñé que era verano y yo celebraba
la tragedia de que todo es transición.



Don’t give up the fight

El pronóstico indica Córdoba 11 grados, chubascos,
7:27 am, resuena algún sueño y una frase de mi analista.
Regresa la pequeña luz imaginaria que sostiene la serie,
una palabra tras otra, que enuncio susurrándolas,
y cuando lo hago toco y dejo de tocar.
Creo que se trata de ser honesta.
Con el primer café siempre viene la evaluación de daños,
lo impostergable, but first coffe, fuerte, con 3 de azúcar.
Daniel Johnston a lo lejos , y yo muy adentro ,
cómo explicarte, no es que me de miedo la noche,
es que vivo con fantasmas.
De a poco separo las ideas a las que aún no me atrevo, 
un viajecito me invita mi amiga,
digo si tranqui, y al minuto hagamos una revuelta.
Me cuento secretos,
escucho mi propia voz y me tienta,
creo de nuevo la materia. 




Mariana Mamani

Soy Mariana Mamani nací en Jujuy pero habito en Córdoba, o mejor dicho ella me habita, hace ya algunos años. Tengo treintalargos, pero no me considero una adulta. De vez en cuando saco fotos, escribo, corro, y canto únicamente sola. A veces me gusta la vida que vivo. A veces salgo a la calle con la locura Cassius Clay puesta, directo a ganar, otras soy un constante tropiezo. Me salvan las mismas cosas casi siempre, los amigos, los libros, los encuentros, las heridas. Estoy convencida que al tiempo no solo lo marcan los hechos; todo o casi todo va quedando grabado en uno como una canción, y en partes del cuerpo como un aura que nunca se termina de volatilizar.