jueves, 15 de junio de 2017

Come to my window


Como cuando atar sola las zapatillas
de color rosa viejo
me anunciaba algo a los 6 años
que aún no puedo descifrar,
como cuando soy suave
para no romper las manos
que no se mueven
en la dirección que quiero.
Ayer me lastimé
una parte de la mano nadando,
decidí no darle ningún significado.
Igual creo, es importante que lo mencione
porque tampoco veo como reparar
la ventana que rompí de un golpe
y todas las plantas
que se mueren de a una en casa.
Escribo un punto en una frase
como quien tira los guantes en una pelea
y eso que no sé de boxeo
excepto lo que me explicaba mi papá
no entiendo muy bien para que.
Como ver una puerta abierta y no salir
you can run from it and if its real
it will find you anyway
and if its real
it will catch you by the heel.
Como cuando digo algo de verdad.
Como la escena de la película Marmaids,
Cher bailando con Winona y Christina Ricci
que aunque eran madre e hijas
siempre pensé que eran hermanas
no importa, lo que importa
es que todos conocemos una clase de amor
que no sabemos explicar.
Y mentiría si no te digo
que de las plantas que maté
salieron pequeños brotes,
creo de tanto hablarles
algunas se agarraron a la tierra
y están aprendiendo a buscar la luz. 




Mariana Mamaní

Soy Mariana Mamaní. Nací en Jujuy pero vivo en Córdoba hace algunos años con Lola mi chihuahua y las plantas que gustan de sobrevivir. A veces a veces salgo a buscar fotos y escribo como un acto, como una apuesta frente a la ausencia.

lunes, 12 de junio de 2017

Identidad

Lo que antes no estaba
un día apareció
para aferrarse como la hiedra
que abraza al muro.
¿Ese día de febrero
había sol, estaba nublado, llovía?
No me fijé el clima
en los diarios de esa época.
Los titulares no decían demasiado
alguna noticia de fútbol
la guerra de Malvinas.

¿Hubiésemos caminado
descalzos por el pasto?
¿Hubiésemos mirado el sol
hasta quedar encandilados?
​​
Como el pinchazo filoso de esa rosa
aparece en el momento justo
para que recuerde su presencia y luego
vuelve a pasar desapercibida
durante días meses años.

¿La ausencia
puede ocupar tanto
espacio?

¿Recordamos sonidos
desde el momento en que
nacemos?

¿Podemos vivir
dos veces
en el mismo tiempo?

Huelo ese lugar
que tenías para que me acurruque
en una noche de tormenta.
¿Cuántos éramos? ¿dos tres diez?
o hubiésemos sido.

¿Nos hubiésemos sentado a tomar mate
en alguna mañana fría de invierno?
¿Dulce, amargo o con hierbas?
¿o a compartir una cerveza
en una noche veraniega plagada de mosquitos
bañados por el humo de la espiral violeta
puesta debajo de la mesa de jardín?

Hubiésemos

Hubiésemos es pasado
Hubiésemos no existe.

¿Estarás viva hoy?
¿Estarán vivos hoy?
¿Me estarás mirando ahora?
¿Me estarás buscando ahora?

Contame
Contame si el sol quemaba como hoy.



Andrés Alvarez

Nací en el '82. Soy fotógrafo, parte del Colectivx Veinticuatro/Tres. Desde hace poco intento crear imagenes a través de la escritura. Siempre del conurbano sur y el 2002 también me quedó marcado. Paso del Chango Spasiuk a Los Ángeles Azules pero sin olvidarme que Ricky (Espinosa) no se murió. Hace poco más de 8 años que aprendo a ser padre de una hermosa niña.
"Para todxs luz, para todxs todo. Para nosotrxs la alegre rebeldía"

Este poema acompaña a la serie fotográfica homónima que por el momento se encuentra en proceso.

lunes, 29 de mayo de 2017

Consejos para mi madre

Número uno: contemplación.
Descolgar el espejo
llevarlo a la habitación y enfrentar una silla.
Acomodarse allí.
Quitarse la ropa,
por completo.
Le diría que se mire fijo a los ojos,
que se entretenga viendo cómo frunce los labios
cómo se tensionan los muslos
cómo se arquea la espalda.
Nos vemos sumamente hermosas en esos momentos de goce.

Número dos: uso del espacio doméstico.
Usar el grifo del bidet
variar entre agua fría y caliente a gusto.
Recostarse en la bañera con la vulva apuntando a la canilla
 y dejar correr el agua.
Esa acrobacia da lugar a un placer casi insoportable.
Le diría que ese es uno de los rincones que más extraño de la casa familiar.
Que ya que lo tiene ahí, que lo aproveche.

Número tres: descanso.
Pasar las tardes en su cama revuelta entre las sábanas,
abandonada al placer de los pliegues.
Dejar que el olor del propio cuerpo impregne todo.
Dormirse húmeda,
luego de apretar dientes, dedos, párpados
y perforar almohadas.
Le diría que así como las calles y las casas,
las camas son nuestras.

Número cuatro: objetos personales.
Cambiar fármacos por dildos
igual de coloridos, sintéticos y penetrantes.
Canjear los puntos de la tarjeta por un “masajeador personal”.
Tres velocidades, en lo posible.
Vaciar un cajón de la mesa de luz,
tirar recetas de cocina, fotos viejas y facturas de servicios.
Le diría que allí guarde sólo juguetes y aceites
que los tenga a la mano
fáciles de encontrar.

Número cinco: ocio y sanación.
Boca arriba, boca abajo
de costado
o como quiera.
Que lo haga mucho.
Que lo haga por diversión.
Hasta que las articulaciones de la muñeca duelan
o  los ojos ardan de tanto porno en internet.
Que simplemente lo haga
como una forma personal y amorosa de combatir su tristeza.



Laura Milano

Nació en Ceres (Santa Fe), hace 33 años. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y actualmente es doctoranda en Ciencias Sociales. Publicó el ensayo “USINA POSPORNO: disidencia sexual, arte y autogestión en la pospornografía” (Ed. Título). Investiga sobre arte, sexualidad y activismo; al tiempo que ama profundamente ponerle el cuerpo a todo eso junto. 

Imagen: Frida Castelli


domingo, 7 de mayo de 2017

Agua

Hoy es 11 de Marzo de 1951, y estamos en un pueblo de la Patagonia argentina. Más precisamente, Río Colorado, a 170km de Bahía Blanca.
Hay una pequeña casa, perdiéndose en el campo. La puerta de entrada es de color rojo anaranjado, aunque la pintura está bastante gastada por el tiempo.
Es una mañana soleada y ventosa. En realidad, el viento no dio tregua durante los últimos días, y anoche particularmente parecía  que se venía el fin del mundo.
Ahora, a la luz del sol, las cosas parecen ser otras cosas.
En la habitación hay una cama matrimonial, dos mesas de luz, un ropero medio abierto, un mueble sobre el cual hay dispuestos varios frasquitos y botellas, junto a un jarrón con un ramo de rosas blancas. Una ventana con cortinas floreadas, una alfombra de lana gruesa, un espejo, una pequeña mesita de tres patas sobre la que hay una pipa y un caballo negro de porcelana. Junto a la cama también hay dos sillas. Pero no son de esta habitación, las trajeron anoche del comedor. Y un poco más allá, un bollo de sábanas sucias.
Ahora un hombre entra a la habitación. Le acerca un vaso de agua a ella, a la mujer que está acostada en la cama. Ambos sonríen. Le da un beso. A ella, y también a él, que está en sus brazos.
El hombre sale de la habitación. Sale de la casa.  Y lo vemos irse caminando lentamente.
Si estos últimos segundos que acaban de pasar fueran años, él ahora estaría por cumplir 11.
Sale de la casa, junto a su padre y sus dos hermanos. Atrás queda su madre, con su hermanita en brazos, y los saluda desde la ventana. Toman un sendero que se abre entre los pastizales. Caminan en silencio, cada tanto alguna risa, tres perros los siguen y entre todos forman una especie de manada.
Caminan unos 15, 20 minutos. El sendero se pierde en la orilla del río. Su padre sigue camino, vendrá más tarde a buscarlos.
Él puede ver cada gota de agua, cada hoja que se mueve con el viento. Puede escuchar todos los ruidos. Incluso los ruidos de las cosas que no hacen ruidos. En un instante, se congela una imagen perfecta que sin embargo no está quieta. Algo explota adentro suyo, piensa que este es el momento más feliz de su vida. Se siente poderoso, se siente inmenso.

Los perros entran y salen del agua. Una y otra vez. Nadan, ladran, se sacuden, vuelven a entrar. Una y otra vez. Entran al agua, chapotean, salen, se sacuden. una y otra vez. Entran, salen.





Facundo Arrimada
Soy Facundo Adrián Arrimada y nací en Bahía Blanca. Me gusta moverme entre las cosas y que las cosas se muevan. Observar lo que pasa, ver cómo se va tejiendo todo. Ya casi tengo 30, estudié psicología y danza contemporánea. Quiero seguir compartiendo viajes, ver un paisaje nuevo cada día.

jueves, 27 de abril de 2017

Cuando me doy cuenta que es ahora

Cuando me doy cuenta que es ahora
La lluvia cae;
Forma charcos
La lluvia cae sobre los charcos y salpica
Meto la pata en el charco
Maldigo a la lluvia
No aprendo más.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Tengo que afeitarme
También bañarme
Si me miro al espejo para afeitarme
Me acuerdo de mi tío cuando se afeitaba,
Yo tenía 4 años,
Ahora tengo 37
Sigo sin aprender a afeitarme.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El ahora ya pasó
Y dio paso a otro ahora
Ahora me doy cuenta
Y la conciencia es ahora
Sigo aprendiendo a vivir en el ahora.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Muchas veces estoy en el pasado
Sigo creyendo que pensando en el pasado
El pasado va a cambiar
Sigo pensando que ella me va a amar
Entonces,
¿Para qué seguir pensando en el pasado?
Sigo aprendiendo del pasado.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Me encuentro escribiendo versos
Me encuentro buscando la Voz
Pienso en cómo retenerla
Como escribirla;
Y no en maldecir a la lluvia
En pisar charcos
Afeitarme o acordarme de ella
Sigo aprendiendo a escribir versos.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Siento, pienso, escribo, existo;
Sigo aprendiendo de Descartes.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Busco su presencia en la casa
En la habitación
Y la cocina
En el patio y el comedor
El cenicero sigue estando vacío
La lluvia sigue pudriendo la madera
Trato de aprender a vivir sin su presencia.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Despierto
Aunque sea solo un poco
Aunque me olvide al instante
Que es ahora
Que es un despertar
Y que sigo aprendiendo de los despertares.


Cuando me doy cuenta que es ahora
Respiro profundo
La ansiedad se disipa
Siento que mi corazón desborda de mi pecho
Trato de calmarme;
Para que no explote
Sigo aprendiendo de mi miedo a la muerte.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El mundo gira sin cesar
Mueren estrellas
Aunque todavía vea el reflejo de su luz
Entonces comprendo el sofisma
Dejo de mirar a la estrellas
Sigo aprendiendo a descubrir sofismas.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El tiempo pasa; es inescrutable
La inspiración se me niega
Sigo sin aprender cómo seguir con el poema.


Cuando me doy cuenta que es ahora
El silencio dice que debe terminar el poema
Sigo aprendiendo del silencio.





Gastón Leandro Ezequiel Vázquez. 
Nació en Parque Patricios el 10 de marzo de 1980. Estudiante de filosofía y letras en la universidad del sur de Bahía Blanca. 

Un poeta conversa con un rey y un bufón en el único país que sobrevive al juicio final.

lunes, 17 de abril de 2017

Escritura IV: La mácula


  Todavía está ahí. Resiste pegada al asiento del acompañante. A veces le presto atención. En el momento en que subo al auto, antes de ponerlo en marcha, estiro el brazo hacia el asiento de al lado y hago el ademán de despegarla con la cortísima uña del dedo índice. Es un gesto como al descuido, sin la verdadera intención de modificar su estado. Más bien lo que hago, cuando la yema de mi dedo toma contacto con ella, es reconocer su textura. Es una antigua manchita de merengue italiano, una diminuta nube blanquecina estampada en el tapizado de pana.

  Con el paso del tiempo parece encallecerse cada vez más. El azúcar endurecido transformó la mancha en una especie de incrustación vítrea, una cristalización que sería ahora difícil de remover. Incluso brilla, dependiendo de cómo le pega la luz.
 
  Me viene a la cabeza esa calurosa mañana de junio. Fuimos con mi mamá a la Feria del Plato en la escuela donde estudiaba mi hija mayor. Para la ocasión, había preparado un postre en un molde de latón que todavía uso. Una vez terminado lo trasladé a un lindo plato de vidrio opaco.
  Yo manejaba el auto, y mi mamá, a mi lado, rodeaba firme pero cariñosamente el plato con sus dos manos. Se concentraba en evitar accidentes o probables pérdidas. Iba en silencio, como si eso contribuyera a asegurar el éxito. Casi todo el camino le mantuvo la mirada fija, con la cabeza inclinada y la cara de frente a la blancura de picos firmes pero blandos que formaba la decoración del merengue.
  Yo iba más despacio y más atenta que de costumbre. De vez en cuando las calles empedradas comprometían la seguridad, pero ella sorteaba esa dificultad manteniendo en equilibrio el plato, compensando los vaivenes con leves movimientos de su cuerpo. Hubo un solo sobresalto en el camino, provocado por un grito mío en el momento en que casi atropello a una paloma blanca que se paseaba por la avenida. El episodio duró casi nada, el animal levantó vuelo sin recibir herida alguna. Nos contentamos enseguida con ver que el postre seguía intacto y llegaría a destino, y que la paloma se había salvado de una muerte casi segura.
  Estoy convencida de que el derrame se produjo en ese momento, pero ninguna de las dos había percibido la pérdida. Y seguramente desde ese día la espuma blanca derramada comenzó a condensarse.
  Pasan los años y sin embargo sigo notando ese detalle (de hecho los días nublados la mancha se vuelve prácticamente invisible). A veces se me ocurre que podría observar esa pequeña nube con una lupa, tal vez sus ínfimas grietas dibujan un retrato en miniatura de mi mamá.



Bavarois de lavanda con merengue italiano

Base

Un pionono chico, casero o comprado.

Bavarois

Salsa inglesa:
Leche  500 cc
Yemas  6
Azúcar  200 gr.

Gelatina sin sabor  20 gr
Crema  500 cc
Colorante violeta  1 pizquita
Extracto de lavanda  20 ml
(De no conseguirse, puede prepararse de la siguiente forma: colocar en una botellita de vidrio, oscuro de ser posible, ½ taza de vodka con un buen puñado de flores de lavanda secas, tapar bien. Dejar el preparado en un ambiente fresco a resguardo de la luz mínimo por dos semanas antes de usar)

Merengue italiano

Claras   2 (a temperatura ambiente)
Azúcar  120 gr
Agua  cantidad necesaria

Decoración

Flores de lavanda comestibles


El postre se armará en un aro metálico de 22 cm de diámetro y 6 cm de altura (medidas aproximadas)

 Para armar la base:
 Extender con cuidado el pionono sobre la mesa de trabajo y apoyar el aro. Cortar un círculo siguiendo el contorno.
 Tomar una placa lisa (redonda o rectangular) cuya medida sobrepase el diámetro del aro. Extenderle por encima un trozo de papel film y posar el aro. Cortar una tira de acetato que coincida con la altura y el contorno del aro y cubrir la cara interna (esto evitará que el postre se pegue y facilitará el posterior desmoldado). Acomodar el pionono en la base. Levantar por los costados del aro el excedente de papel film adhiriéndolo al contorno externo, esto servirá de contención para que la mezcla no se escurra por debajo. Reservar.

 Salsa inglesa:
 En una cacerolita, calentar la leche a punto de hervor. En un bowl, mezclar las yemas con el azúcar sin batir. Agregarle la mitad de la leche caliente y unir enseguida con una espátula. Volcar esta mezcla sobre la leche restante y llevar a fuego mínimo revolviendo constantemente. Cuando la preparación nape la espátula (es decir, que al levantarla quede cubierta con una fina capa de salsa) y se pueda trazar sobre ella una línea con el dedo índice que no se desdibuje, la preparación estará lista. Sacar del fuego e incorporar en forma de lluvia la gelatina sin sabor, mezclando muy bien para que se disuelva en la salsa todavía caliente. Tamizar en un bowl y colocar en un baño María invertido (dentro de un recipiente con agua fría y hielo). Dejar enfriar. Batir la crema a ¾ de punto (debe tomar cuerpo sin llegar a ponerse del todo firme). Incorporar a la salsa inglesa. Agregar el extracto de lavanda. Por último, separar en un bowl pequeño 4 o 5 cucharadas de la mezcla, agregar el color hasta obtener un tono violeta intenso y uniforme. Juntar con la mezcla integrando bien, repetir la operación si hiciera falta, hasta lograr un tono parecido al de las flores de lavanda. Verter en el aro y llevar al frío por unas horas hasta que tome consistencia.

 Merengue italiano:
 Batir con batidora eléctrica (de pie o de mano) en un bowl metálico o de vidrio (no plástico) las claras hasta que espumen bien. Colocar en una cacerolita el azúcar y agregar agua hasta cubrirla. Llevar al fuego hasta que el almíbar llegue a los 118º (de no disponer de un termómetro, puede tomarse como referencia el momento en que toda la superficie se transforma en un mar de burbujas encadenadas pero todavía no ha tomado color). Verter sobre las claras en forma de hilo mientras se bate constantemente. Seguir batiendo hasta que tome firmeza y el bowl llegue a temperatura ambiente. Colocar en una manga con pico liso o rizado.
 Retirar el postre de la heladera (debe estar bien firme). Despegar el papel film de los contornos. Trasladar al plato o fuente en que será servido con la ayuda de una espátula si fuera necesario. Remover con cuidado el aro y la tira de acetato. Decorar a gusto con copetes de merengue. Completar el postre con las flores comestibles de lavanda.




Viviana Saavedra
Nació en Buenos Aires. Cocinera. Licenciada en Gestión e Historia de las Artes, docente de Crítica de Arte en la Universidad del Salvador. Escribe sobre arte.
Imagen: Wayne Thiebaud

miércoles, 5 de abril de 2017

El primer pollo que limpié



Enfundada en un delantal grueso, 
con el pelo atado,
separé la grasa,
y la piel. Con el cuchillo más largo,
ese que la nona me legó.
Con la punta de las uñas
mi carne no tocó la suya.
Bajo el chorro helado, arranqué
el corazón, el hígado y los riñones,
sintiendo que sólo
tocaba el agua.

Hoy, desarmo un calamar,
raspando con mis yemas todas
sus ventosas,
que caen.
Desprendo por completo
su piel,
ya no podrá ocultarse.
Me dejo bañar en su tinta
la cara, los brazos,
el cristal de mis lentes.
Me pego el rancio 
olor de su ser marino.


Y aún, temo.




Eugenia Zorrilla

Nací en el siglo pasado, en el 80, como el colectivo rojo que conectaba mi casa de la infancia en Lugano con la de toda mi familia en la otra punta de la ciudad. La mayor parte de mi vida la vivo en Córdoba, en constante mudanza, de todo. Desde niña amo los libros y adoro aprender. A veces escribía en Salsipuedes, el primer pueblo serrano que me abrigó. Desde que estoy volviendo a él, regresó el deseo de expandirme en el mundo de las palabras. Ahora el deseo es más grande.